El poeta Relámpago sigue escribiendo las segundas partes de Las
Aventuras del Capitán Vulgaridad. Encuentra una letra de Sabina que toca todas
sus fibras.
En eso estaba cuando agarro del estante un libro que tenía el Capitán Vulgaridad sobre todas las letras de canciones de Sabina. Busco la letra que tanto le gustaba y tanto había escuchado y la leyó, esta vez a solas, sin melodía, sin la voz carrasposa, emotiva y desoladora del cantante:
Como quien viaja a lomos de una yegua sombría,
por la ciudad camino, no preguntéis adónde.
Busco acaso un encuentro que me ilumine el día,
y no hallo más que puertas que niegan lo que esconden.
Las chimeneas vierten su vómito de humo
a un cielo cada vez más lejano y más alto.
Por las paredes ocres se desparrama el zumo
de una fruta de sangre crecida en el asfalto.
Ya el campo estará verde, debe ser Primavera,
cruza por mi mirada un tren interminable,
el barrio donde habito no es ninguna pradera,
desolado paisaje de antenas y de cables.
Vivo en el número siete, calle Melancolía.
Quiero mudarme hace años al barrio de la alegría.
Pero siempre que lo intento ha salido ya el tranvía
y en la escalera me siento a silbar mi melodía.
Como quien viaja a bordo de un barco enloquecido,
que viene de la noche y va a ninguna parte,
así mis pies descienden la cuesta del olvido,
fatigados de tanto andar sin encontrarte.
Luego, de vuelta a casa, enciendo un cigarrillo,
ordeno mis papeles, resuelvo un crucigrama;
me enfado con las sombras que pueblan los pasillos
y me abrazo a la ausencia que dejas en mi cama.
Trepo por tu recuerdo como una enredadera
que no encuentra ventanas donde agarrarse, soy
esa absurda epidemia que sufren las aceras,
si quieres encontrarme, ya sabes dónde estoy.
Vivo en el número siete, calle Melancolía.
Quiero mudarme hace años al barrio de la alegría.
Pero siempre que lo intento ha salido ya el tranvía
y en la escalera me siento a silbar mi melodía
Agarró un diccionario que había sobre el estante, y leyó la palabra melancolía, también le gustaba cada vez que la leía:
melancolía
En eso estaba cuando agarro del estante un libro que tenía el Capitán Vulgaridad sobre todas las letras de canciones de Sabina. Busco la letra que tanto le gustaba y tanto había escuchado y la leyó, esta vez a solas, sin melodía, sin la voz carrasposa, emotiva y desoladora del cantante:
Como quien viaja a lomos de una yegua sombría,
por la ciudad camino, no preguntéis adónde.
Busco acaso un encuentro que me ilumine el día,
y no hallo más que puertas que niegan lo que esconden.
Las chimeneas vierten su vómito de humo
a un cielo cada vez más lejano y más alto.
Por las paredes ocres se desparrama el zumo
de una fruta de sangre crecida en el asfalto.
Ya el campo estará verde, debe ser Primavera,
cruza por mi mirada un tren interminable,
el barrio donde habito no es ninguna pradera,
desolado paisaje de antenas y de cables.
Vivo en el número siete, calle Melancolía.
Quiero mudarme hace años al barrio de la alegría.
Pero siempre que lo intento ha salido ya el tranvía
y en la escalera me siento a silbar mi melodía.
Como quien viaja a bordo de un barco enloquecido,
que viene de la noche y va a ninguna parte,
así mis pies descienden la cuesta del olvido,
fatigados de tanto andar sin encontrarte.
Luego, de vuelta a casa, enciendo un cigarrillo,
ordeno mis papeles, resuelvo un crucigrama;
me enfado con las sombras que pueblan los pasillos
y me abrazo a la ausencia que dejas en mi cama.
Trepo por tu recuerdo como una enredadera
que no encuentra ventanas donde agarrarse, soy
esa absurda epidemia que sufren las aceras,
si quieres encontrarme, ya sabes dónde estoy.
Vivo en el número siete, calle Melancolía.
Quiero mudarme hace años al barrio de la alegría.
Pero siempre que lo intento ha salido ya el tranvía
y en la escalera me siento a silbar mi melodía
Agarró un diccionario que había sobre el estante, y leyó la palabra melancolía, también le gustaba cada vez que la leía:
melancolía
Del lat. tardío melancholĭa 'atrabilis',
y este del gr. μελαγχολία melancholía.
1. f. Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas omorales, que hace que quien la padece no encuentre gusto ni diversión en nada.
2. f. Med. Monomanía en que dominan las afecciones morales tristes.
3. f. desus. Bilis negra o atrabilis.
Pensó que en algún momento había leído por ahí
que era el recuerdo de cosas o personas pasadas. También le gustaba eso, pero
no se acordaba bien si era esa palabra, buscada en otro diccionario, o una
palabra similar, como añoranza o nostalgia.No importaba, el caso es que volvió al texto de Calle melancolía de Sabina y rememoró. Tocaba muchas de las fibras del poeta, sus recuerdos, sus ideas.
Se le acumularon varias cosas. Primero pensó que si debía escribir Las Aventuras del Capitán Vulgaridad, segunda parte, debía desangrarse aún más con lo que decía, o tal vez contarlo todo, no desangrarse pero si contarlo, que otra cosa va a hacer un poeta, que contarlo todo. Eso le gustaba a eso se dedicaba.
Entonces empezó por asimilar que contaría además de las aventuras del capitán, que a él le daba cierta añoranza, no tristeza, pero si ganas de saber a veces que fue de la vida de tal o cual persona que el había conocido, algunos eran muy queridos, otros fueron tan solo un día, transeúntes desconocidos, pero le habían caído bien al poeta, y pensaba que será de ellos, quería volver a verlos. A él los recuerdos no lo agrumaban, es más le gustaban, tan solo quería saber de ellos o volver a encontrarlos.
Volvió a leer la letra. No buscaba a nadie, no le abrumaban los recuerdos, pero si era un poco melancólico a veces, solo a veces, porque tenía sus raptos de melancolía. Pero salía enseguida, era algo pasajero. Y si era así, estaba bien en culpar al exterior por hacerlo así, pero no se evadía, se hacía cargo de su responsabilidad, y que en definitiva él era el artífice de todo. Aunque el tiempo, las tormentas, por decir algo, lo trataran mal, él era el que debía capearlas, dominar su barca, decidir, como navegar. Tampoco se sentía oscurecido por las sombras.
En fin, siguió leyendo. Le llamaba la atención eso de que el campo estaría verde, y que su ciudad era desolada de antenas y de cables, es decir, no había nada, no se comunicaban, todo destruido por las antenas y los cables, ¿Pero comunicación real entre personas?, ninguna. Y la idea de volver a un tiempo más silvestre, sin asfaltar por le tecnología le parecía bárbaro.
Bueno en eso estaba cuando salió del trance evocador que es encontraba y se puso a seguir escribiendo Las Aventuras del Capitán Vulgaridad, segunda parte.


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