El hombre más sabio del mundo.

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El hombre más sabio del mundo no sabía leer ni escribir. Tampoco le importaba saber demasiado. No necesitaba leer 100 tratados ni doctorarse para saber ciertas cosas. Si bien había escuchado muchas historias y visto demasiado, no necesitaba saber de tradiciones, historia, consejos, moralejas, ni largas disertaciones sobre un tema. Tampoco analizarlo. El lo intuía en un instante, en su ser estaban todas las tradiciones, todos los pasados, todos los tratados. Cuando le preguntaban si no le interesaba saber, o leer, el respondía:
-¿Para qué? Si los libros los escriben los hombres. Ademas con las historias que escucho me parece suficiente. ¿Querés que te cuente alguna? Y empezaba a decir: Era tan sabio que no sabía leer ni escribir.
Y las historias que contaba las siguen contando en el pueblo, e hicieron libros con ellas, y tratados y discursos.
De todas las historias que había escuchado algunas le gustaban y otras no tanto. Las había escuchado geniales, vulgares, fantasiosas, chapuceras, mentirosas. Si veía que la historia rumbeaba para el lado del engaño o la necedad, decía:
-Retiresé, no me venga con cuentos de vieja.
Y si le gustaba:
-Veo por todo lo mucho que he escuchado que usted sabe contar.
Si le preguntaban:
-¿Pero a usted no le interesa saber lo que dicen otros, lo que piensan otros?
-Claro-respondía- por eso las escucho y las cuento, acuérdese que no se leer ni escribir, pero por diversión, nunca por conocimiento.
-¿Y a visto mucho, que ha escuchado?- volvieron a preguntarle.
-Si, todo lo que hay que ver, también he desviado la mirada cuando lo veía necesario. He visto derribarse cosas cautivadoras, edificarse, con mentiras, cosas embelesadoras. Escuchado verdades demoledoras. Historias escuetas, fugaces y veloces como un relámpago, pero que iluminaban la noche en un segundo. He visto callarse, y he escuchado gente irse de boca. He escuchado historias interminables, como incontables cientos de vagones de trenes.
-¿Y que le gusta de las historias?- le preguntaron.
-Me fascinan algunos principios, detesto casi todos los finales, salvo contadas excepciones- resumía.

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