Ya no tenía donde ir, desde que Sofía se había mudado de
pueblo la cosa iba de mal en peor, porque para él, para Matías, Sofía era su
mundo. Paso por la puerta de su casa y se deprimió aún más en lugar de sus
begonias y arcadias había un cartel de se vende en su balcón. Y pensó que ya el
pueblo no era el mismo de antes, se estaba convirtiendo en una ciudad, atestada
de carteles y de cables, y para Matias era paradójico pensar que ya todo no era
como antes algo asi como que en los balcón de Julieta hubieran puesto un cartel
de se vende y el pobre romeo tendría que sucumbir al paso de los años y que
hasta el amor esta en venta producto del capitalismo voraz.
Ya no podíamos, gracias a dios, matar al mensajero. Y eso lo
entristecía le hizo recordar una frase de un tema del genio de Sabina que
decía: el barrio donde habito no es ninguna pradera, desolado paisaje de
antenas y de cables.
Quizás se puso a pensar en eso por la melancolía que le
producía perder a Sofía, que era en parte como perder la tierra prometida, el
paraíso perdido.
Porque Matías ante todo era poeta y le dolía en el alma
perder a su musa inspiradora, pensaba que desde que las puertas del cielo no
dan a su habitación se quejaban las musas de su falta de inspiración.
Asi que se puso a deambular sin rumbo fijo por las calles
del pueblo en busca de algo que le renovara el aire y le diera un poco de inspiración,
pero no encontró nada.


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