Tengo que confesarlo, me enamoro a primera vista. De que otra manera podría ser, siendo yo de naturaleza voluble y caprichosa, ansioso; como no me voy a entusiasmar con lo primero que pasa.
Me gustan todas (y no hay que confundir con que cualquier Bondi me deja en la esquina). Basta con que valla al gimnasio y me enamore ya de entrada con la recepcionista que me da los buenos días, para luego enamorarme de las dos o tres que están corriendo en la cinta, la de calzas en la sala de musculación y la de binchita y rulos en las bicicletas. Ellas no lo saben, claro esta, pero yo estoy enamorado de ellas.
Lo mismo me da que sean las del gimnasio o las que me cruzo al caminar, la que se sentó al lado mío en el colectivo, o mi vecina de al lado.
Yo las amaría en ese preciso instante que las cruzo, pero las reglas de etiquetas me lo dificultan. Primero hay que empezar con los buenos días, seguir por una charla de café, varios días de visitas periódicas y el final consentimiento de la susodicha en cuestión, lo que dificulta como ya dije, el amor repentino. Yo creo en el amor instantáneo pero, claro esta, es muy difícil encontrar personas que se brinden a las mismas predilecciones (si eres una de ellas no tenés mas que escribirme), no se sabe por que toman tanto recaudos.
Se podría decir que soy un enamorado instantáneo, a primera vista, así que si te cruzas por mi camino, aparta los holas, los rituales del café, y las visitas diarias, y amémonos entre la gente indiferente.
Hasta la próxima entrega,
Gasty
Capítulo 2 de la vida cotidiana: Amor a primera vista.
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